Soy Felipe, 1992, gay, Chileno, originario de El Quisco, viviendo en Santiago, 1.67, trabajador, fotógrafo, tímido, introvertido, buena persona, empatico, amo comer, me gustan los comics, me gusta ver peliculas y series, no tengo cuerpo atlético, cariñoso, sadboy, odio lastimar los sentimientos de la gente aunque salga lastimado yo, no me gusta la mentira, me gusta tener barba, amo los tatuajes, políticamente zurdo, ateo gracias a dios.
●
IG: The_galactic_rival
https://instagram.com/the_galactic_rival
●
IG2: Felipebustosfotografo
El día jueves
22 de diciembre desperté a las 6:30 am con la alarma que había puesto el Bryan.
Él estiró la mano para tomar el celular y apagarla, y luego me dio un beso en
la frente. Levantó las frazadas para poder levantarse, y yo intenté rodear su
cuerpo con mis brazos.
—Quédate un ratito más —le
rogué—. Hace frío.
Él se rió y volvió a acostarse conmigo.
—Cinco minutos nomás —advirtió, y
buscó mis labios para besarme, antes de abrazarme con fuerza.
Sentí su piel caliente a través
de nuestros pijamas. Ambos teníamos cierta intolerancia al frío, así que
dormíamos con ropa interior y una polera. Pasé mi mano por debajo de su pijama,
y acaricié su espalda, antes de disponerme a seguir durmiendo.
Al cabo de cinco minutos, el
Bryan se levantó definitivamente. Abrí los ojos por un par de segundos, y lo vi
de espaldas, cepillándose los dientes frente al espejo del lavamanos. Cruzamos
miradas a través del reflejo. Le sonreí adormecido, él me lanzó un beso
silencioso, y yo volví a quedarme dormido.
—Nos vemos en la tarde. Te amo —me
dijo el Bryan despertándome para despedirse. Me besó en los labios y se dio la
media vuelta para salir de la habitación. Me quedé a solas y volví a dormir
otro rato más.
Cerca de las 9:30 volví a
despertar, pero esta vez definitivamente. Me levanté, me bañe y bajé a tomar
desayuno.
Cuando el Bryan llegó a Chiloé en
marzo, hizo un reemplazo de dos meses en urgencias, y luego se liberó una
vacante en UCI, donde quedó trabajando de día. Yo en cambio, seguía haciendo
turnos en urgencia.
En el hospital apenas nos
veíamos, ya que estábamos en áreas diferentes y en modalidades de trabajo
distintas, pero cuando coincidíamos en horarios (yo haciendo turnos de día)
almorzábamos juntos.
—No puedo creer que estén juntos —me
dijo la Caro, mi compañera de turno cuando se dio cuenta que nos tomábamos de
la mano durante uno de los primeros almuerzos que compartíamos después de que
el Bryan se fuera a UCI.
—¿Por qué? —le pregunté un poco
confundido por su comentario.
—Por tonteras nomas. Es que la
Leti, de la UCI me había dicho que había llegado el medio mino a trabajar al
piso. Y uno tiende a asumir que un mino es hetero a no ser de que se indique lo
contrario —explicó ella, y el Bryan se puso rojo.
—¿Te ha tratado bien la Leticia? —le
pregunté al Bryan.
—Es simpática —respondió él,
escueto, aún sonrojado. Ese mismo día al llegar a la casa, el Bryan me contó
que ya le había contado a la Leti de nuestra “relación”, que si bien ella no se
le había insinuado directamente, sí habían estado conversando casualmente y el
tema salió espontáneamente. Actualmente, después de nueve meses ambos se
hicieron muy amigos.
Mientras tomaba desayuno en el
comedor, me quedé pegado mirando el árbol de navidad, que estaba cruzando el
marco de la puerta que daba a la sala de estar.
—¿Cuándo se va a visitar a su
familia, Larry? —me preguntó la Señora Cecilia, entrando al comedor por la
puerta de la cocina. La dueña de la casona nos había permitido arrendar una
pieza con dos camas individuales para que viviéramos con el Bryan. El precio
que nos cobraba era demasiado conveniente, y solo quedaba a quince minutos del
hospital en bicicleta. De todas formas,
le ayudaba en todo lo que podía ahí en la casona, como había hecho cuando
llegué mochileando a la Isla Grande. Me cambié de vuelta con ella, ya que en la
pensión donde estuve los primeros meses de trabajo, que estaba a cinco minutos
a pie del hospital, no me permitieron alojarme con el Bryan pagando lo mismo,
aunque estuviéramos compartiendo la cama individual, así que arrendó una pieza
contigua, pero luego la dueña de casa nos quiso aumentar el arriendo,
argumentando que sería igual con todos los inquilinos; comprobamos que no era
así, solo nos quería fuera por nuestra relación, asi que nos fuimos de ahí. La
Señora Cecilia nos recibió con los brazos abiertos y no se mostró incómoda por
nuestra relación sentimental.
—Mañana temprano nos vamos —le
respondí. Ese día jueves era el último que trabajaba el Bryan, y yo entraría a
mi último turno esa tarde a las ocho, y saldría a la mañana siguiente. Teníamos
planeado tomar el avión en Puerto Montt a las 11:40am con rumbo a Antofagasta.
Yo había pedido a mis colegas que me cubrieran un par de turnos y yo los
retomaba cuando quisieran, en año nuevo inclusive, y ellos, entendiendo la
distancia que me separaba de mi familia, accedieron.
Durante la tarde ayudé a la
Señora Cecilia en la casona, recibiendo veraneantes y atendiendo sus
necesidades. El Bryan llegó cerca de las seis de la tarde, y me saludó con un
beso y un abrazo.
—¿Estuviste todo el día aquí
trabajando? —me preguntó.
—No, dormí un poco en la tarde —mentí.
No le gustaba cuando me iba a trabajar habiendo estado despierto todo el día
porque se preocupaba por mi cansancio.
—¿Hiciste tu bolso? —cambió de
tema, y sonrió con emoción.
—No, ahora lo haré —le respondí con
alegría también, ansioso por la idea de volver a ver a mis padres después de
tanto tiempo.
Con el Bryan no habíamos vuelto a
Antofagasta desde la ceremonia de titulación en marzo, y les habíamos dicho a
nuestras familias que no iríamos para las fiestas porque había sido imposible
organizar los tiempos, así que la idea era sorprenderlos cuando nos vieran
llegar.
El Bryan me ayudó a preparar mi
bolso, que más que ropa, llevaba los regalos para mis seres amados en el norte,
aparte de útiles de aseo. Mismo caso con el bolso de él.
En la tarde, el Bryan me acompañó
caminando hasta el hospital, ya que no me iría en la bicicleta como todos los
días, porque al otro día nos iríamos directo desde el hospital al terminal, y
no queríamos dejar la bicicleta ahí botada en el hospital.
El turno estuvo bastante
tranquilo durante la noche, pero cerca de las siete de la mañana empezó a
aumentar la llegada de pacientes por un choque de dos vehículos que resultó en
volcamiento. El atender esa emergencia nos llevó mucho trabajo y tiempo, y
cuando eran ya las ocho, mi horario de salida, no pude retirarme. La emergencia
ameritaba que continuara en mi trabajo hasta controlar la situación, mientras
el Bryan me llamaba al celular y no le podía contestar. Cuando ya eran las 8:45
recién me desocupé y llamé de inmediato al Bryan por celular.
—Perdóname por no salir antes,
estaba muy cuático todo —me disculpé con el Bryan.
Me di una ducha rápida, me cambié
de ropa y salí a encontrarme con el Bryan. Nos saludamos con un fuerte abrazo,
lo que me hizo sentir de golpe el cansancio de la jornada laboral, y me dieron
ganas de irnos a la casona y dormir por horas, abrazados en la cama.
Llegamos al terminal y tomamos
justo el bus que salía a las 9:30. Una vez nos embarcamos, comencé a verbalizar
la ansiedad.
—No vamos a alcanzar —le dije al
Bryan.
—Tranquilo, sí alcanzaremos —me
intentó calmar.
—Debiste haberte ido a Puerto Montt
nomas, por último yo me quedaba acá.
—¿Cómo se te ocurre? —se rió—. No
te voy a dejar botado —dijo, e intentó calmarme con un abrazo.
Me dejé tranquilizar por él, ya
que no había nada más en nuestras manos que pudiésemos hacer. Me quedé dormido
antes de llegar a Chacao, y desperté cuando llegamos al terminal de Puerto
Montt.
—¿Cómo dormiste? —me preguntó el
Bryan.
—Mas o menos —sentía como si solo
hubiera pestañeado.
El bus llegó a destino diez
minutos antes de la hora planificada, así que nos daba un poco de esperanza de
poder alcanzar a tomar el avión. Tomamos un taxi en el terminal faltando veinte
minutos para el despegue de nuestro vuelo, pero el tráfico nos detuvo por mucho
tiempo, y llegamos al aeropuerto a las 11:50, rogando por un atraso en el
despegue del avión.
Lamentablemente el avión ya había
despegado, así que perdimos nuestro vuelo. Preguntamos si era posible
embarcarnos en algún próximo vuelo, pero en la aerolínea nos dijeron que
estaban todos los vuelos reservados, que nos podrían poner en lista de espera,
pero en esas fechas era difícil que corriera la lista. Finalmente nos
ofrecieron volar hasta Santiago, que había un vuelo disponible en la tarde,
pero que no tenían asientos disponibles en vuelos hacia Antofagasta. Tomamos el
vuelo ofrecido, que salía a las 7 de la tarde, y al aterrizar en Santiago
tuvimos que buscar alguna posibilidad.
Había un vuelo que salía a las
once de la noche, pero solo había un asiento disponible.
—Si quieres lo tomas, estás más
cansado que yo —me ofreció el Bryan.
—¡No! —respondí tajantemente—.
Vamos a viajar juntos.
Finalmente nos encontraron
asientos disponibles en el vuelo del mediodía siguiente hacia Antofagasta, así
que pasamos la noche en el aeropuerto esperando.
Buscamos un rincón en la sala de
espera, ya que los asientos estaban la mayoría ocupados por gente durmiendo,
separados entre sí por un asiento (el derroche). Nos abrigamos un poco, y el
Bryan me dio un abrazo.
—Perdona por hacerte pasar por
esto —le dije, sintiéndome culpable por la travesía.
—No te preocupes, Larry —me
tranquilizó con una sonrisa que reflejaba su cariño por mí—. Aparte, ha sido
entrete igual, andar corriendo para todos lados, buscando alternativas de
vuelos… no puedes negar que ha sido adrenalínico.
El Bryan tenía tendencia a ver el
lado positivo de las cosas.
—Si, tienes razón —me reí—. No
habría sido lo mismo sin ti —reconocí, y le di la mano, entrecruzando nuestros
dedos.
Él siempre aceptaba esas muestras
de cariño, sin importarle donde estuviéramos. Nos podíamos tomar de las manos,
abrazarnos cariñosamente, e incluso, darnos un tierno beso en público sin que
él se espantase.
Él apoyó su cabeza en mi hombro,
y yo apoyé la mía en la suya. Nos quedamos mirando el enorme árbol de navidad
que adornada el aeropuerto a lo lejos.
—¿Estás nervioso? —le pregunté al
Bryan, después de unos minutos de silencio, y un leve apriete con sus dedos me
indicó su respuesta.
—Un poco —respondió—. Mucho.
Resulta que el Bryan me contó que
había salido del closet ante sus padres la noche anterior a viajar a Chiloé.
Durante la cena les anunció que estaba muy enamorado de una persona y que iba a
hacer lo imposible por estar con él (yo).
—Karen siempre me pareció una muy
buena chica, nunca entendí por qué terminaron —había comentado su padre,
pensando que se refería a su ex polola.
—No estoy hablando de la Karen
—le respondió el Bryan, mientras el Pedro, su hermano, lo miraba con orgullo—.
Estoy hablando del Larry. Mañana me voy a Chiloé a verlo.
Un silencio se hizo en la mesa
del comedor. Su padre estaba atónito, con el puño cerrado sobre la mesa,
mientras su madre bajaba la mirada. El Pedro estiró la mano para tomar la suya,
en señal de apoyo.
—Si piensas que él es el
indicado, puedes hacerlo —dijo su madre después de unos minutos, tras aclararse
la garganta—. No te puedo decir que no lo hagas. Eres mi hijo, y te amo. Te amamos.
Su padre permaneció en silencio,
hasta que se levantó de la mesa, diciendo un escueto “permiso”, y se fue a su
habitación.
—Tú sabes cómo es —dijo la madre,
intentando tranquilizar a su hijo—. Le cuestan un poco estas cosas, pero se le
pasará.
Al día siguiente el Bryan se
quiso despedir de su papá, antes de partir al aeropuerto, pero él seguía
encerrado en su habitación, así que se había ido al sur sin despedirse.
Por eso el Bryan estaba nervioso.
Volvería a ver a su padre después de mucho tiempo, y no estaba seguro de cómo
reaccionaría. Si bien, habían hablado por teléfono de vez en cuando durante los
nueve meses de distancia, la prueba de fuego sería en vivo y en directo.
—Todo va a salir bien —intenté
tranquilizarlo—. ¿Quieres que te acompañe mañana cuando vayas por primera vez a
tu casa?
—No, prefiero estar solo con
ellos. Si mi papá te ve quizás le dará un ataque —sonrió sin ganas.
Nos acomodamos en el piso,
acostados usando nuestros bolsos como almohadas, y nos pusimos a dormir.
Al día siguiente, tomamos el
avión pasado el mediodía, y aterrizamos en la ciudad cerca de las tres de la
tarde. Tomamos un transfer y cada uno para su casa.
Cuando entré a mi hogar,
sorprendí a mis padres que estaban haciendo sobremesa después de almuerzo. Se
levantaron emocionados al verme llegar de sorpresa y me abrazaron con amor.
Mi madre me sirvió un plato de
ensalada con atún, un almuerzo liviano ya que en la noche habría una cena más
contundente.
—¿Y el Bryan?, ¿se quedó allá?
—me preguntó mi papá, cuando mi mamá tomaba asiento en la mesa con nosotros.
—No, viajamos juntos. Fue toda
una odisea —les expliqué todo el drama del viaje y ellos se mostraban
preocupados y entretenidos por mi forma de contar la historia.
—¿Va a venir a cenar entonces?
—preguntó mi madre, entusiasmada.
—No sé si venga a cenar. Quizás
viene mañana a pasar el rato —les expliqué que habíamos decidido que ambos
pasaríamos la Noche Buena con nuestras familias, y luego el 25 nos
visitaríamos.
Terminé de comer, y me acerqué al
living para ver mejor el árbol de navidad. Estaba adornado con bolas de color
rojo y dorado, y con fotos de la familia colgando de las ramas, la mayoría eran
mías de cuando era pequeño, enmarcadas en un rectángulo de madera.
—Que bonito esto de las fotos
—comenté—. ¿De dónde sacaron la idea?
—La Ale —le vecina de enfrente—
me dio la idea cuando vino a conversar sobre las nuevas alarmas vecinales.
Justo estábamos sacando las cajas de adornos cuando vino —me explicó mi mamá—.
Dijo que su hermana ponía fotos familiares en el árbol. Le daba un toque
personal.
Después de conversar harto,
poniéndonos al día con nuestro año laboral, ayudé a mis padres a preparar la
cena (carne al horno con puré de papas),
y ya cerca de las diez de la noche nos sentamos a cenar, con villancicos como
música ambiental, y luego fuimos a abrir los regalos. Mis padres me habían
comprado un libro como regalo de navidad (“Te Daría el Mundo”), y una polera
con el logo de la plataforma 9¾, y además me entregaron el regalo de
cumpleaños, que me habían comprado, pero obviamente no me lo entregaron por la
distancia. Pretendían guardarlo hasta que viniera a visitarlos. Era un libro
sobre cine.
Estuvimos disfrutando y
compartiendo el resto de la noche, felices de poder estar juntos nuevamente en
una fecha tan especial como la navidad, dándonos cariño amor y respeto.
A medianoche, antes de acostarme
a dormir llamé por teléfono al Bryan.
—Feliz Navidad —le dije apenas
contestó.
—Feliz Navidad para ti también,
Larry —me deseó genuinamente.
—¿Todo bien allá? —pregunté con
curiosidad.
—Todo bien —respondió
escuetamente—. ¿Mañana nos vemos en tu casa y luego en la mia? —propuso.
—Esta bien —acordé, feliz de que
ya tuviera todo planificado.
Nos deseamos buenas noches y me
dispuse a dormir.
Al día siguiente, el Bryan vino a
mi casa. Saludó con nerviosismo a mis padres, quienes lo recibieron con un
afectuoso abrazo.
—¿Cómo has estado, Bryan? —le
preguntó mi mamá.
—Bien, tía, ¿y usted, ustedes?
—respondió él, dirigiéndose a mis padres.
—Muy bien.
Mi papá le dijo que tomara
asiento, mientras yo fui a la cocina a buscar algo para comer y beber. Al
volver, el Bryan ya estaba más relajado, conversando con mis padres como lo
hacía siempre cuando venía a mi casa a estudiar.
Me senté en el brazo del sillón
al lado del Bryan, para no interrumpir su plática.
—¿Y ustedes están… pololeando?
—preguntó con curiosidad e indiscreción mi padre.
El Bryan se volteó a mirarme con
complicidad, y respondimos al unísono.
—Si.
Mi mamá se alegró mucho y se
levantó a abrazarnos de inmediato. Mi papá fue más sobrio pero de todas formas
se alegró mucho por nosotros.
La verdad era que yo ya le había
contado a mi mamá sobre lo que pasaba con nosotros en líneas generales, pero
nunca le había dicho como había sido todo. Durante la segunda semana de julio
con el Bryan habíamos ido a visitar el Fuerte Ahüi. Salimos en la mañana con
buen clima, le pedimos prestadas un par de bicicletas a la Señora Cecilia y
partimos. Ya a mediodía el clima cambió y comenzó a llover torrencialmente. Por
suerte llevábamos ropa abrigada e impermeable, pero no fue suficiente. El agua
caída formaba barro a nuestro alrededor y hacía intransitables algunos caminos.
Llegamos al Fuerte cerca de las 2
de la tarde, agotados y ya casi sin ganas de nada, pero igual nos dedicamos a
recorrer y conocer el lugar (hermoso, por lo demás). A nuestro regreso, el
Bryan estaba muy agotado, así que se detuvo a un costado del camino, dejó la bicicleta
tirada y se sentó sobre una roca.
—¿Qué pasó? —le pregunté
preocupado, bajándome de mi bicicleta y sentándome a su lado.
—No puedo más. Estoy muerto —dijo
casi sin aliento.
—Sí puedes, dale, no te rindas
—intenté motivarlo. Él negó con la cabeza y yo solo atiné a abrazarlo—. Nos quedaremos
aquí hasta que tú quieras.
Después de unos segundos nos
dimos cuenta que ya no llovía, no sabíamos cuándo había parado, pero al menos
había dejado de llover. Levantamos la mirada y pudimos recién apreciar el lugar
donde el Bryan había decidido detenerse. Era un mirador, desde donde podíamos
ver un valle frente a nosotros, con dunas irregulares llenas de árboles y
arbustos frondosos. Por aquí y por allá se veían algunas construcciones: Casas,
cabañas e incluso una iglesia en la lejanía, y al fondo, donde las nubes
comenzaron a dar espacio a los rayos del sol, se formaba un arcoíris.
—Qué lindo —comenté impresionado.
—Si —concordó el Bryan.
Nos quedamos ahí abrazados,
mirando el paisaje frente nuestro, por un largo rato. Comenzamos a conversar y
luego sacamos de la mochila nuestros bocadillos que habíamos preparado para el
día. Sacamos el termo, tomamos té mirando la postal y disfrutando de nuestra
compañía.
—No puedo creer que me haya aweonado tanto —dijo ya más tranquilo el
Bryan.
—Tranquilo, yo estuve a punto. Si
no te hubieses parado acá, yo me paraba más adelante y quizás no hubiéramos
tenido esta vista —dije intentando subirle el ánimo—. Incluso cuando no lo
sabes, haces las cosas bien —le tomé la mano y lo miré a los ojos, inspirado
por el escenario que tenía en frente—. Bryan, yo sé que en este tiempo desde
que llegaste he sido súper ambiguo contigo, y tú has sido súper paciente y
respetuoso para no presionarme y exigirme definir lo nuestro. Te juro que me
gustas de verdad, y que si bien, hemos tonteado un par de veces desde que
llegaste —nos reímos con complicidad—, no ha pasado más allá de eso. Quiero
estar contigo, hacerte feliz y acompañarte a otro nivel, más allá de la
amistad. Bryan, quiero ser tu pololo, ¿me aceptas?
El Bryan sonrió y se acercó a
besarme, con pasión y cariño.
—Obvio que te acepto —respondió—.
No pudiste elegir un mejor momento —agregó con una sonrisa.
Mis padres escucharon atentamente
la versión resumida de la historia, donde omitimos que ambos nos sentíamos
pésimo y que por eso nos habíamos detenido.
—Espero que sean muy felices —nos
deseó mi papá.
Con el Bryan subimos a mi pieza
un rato, me acompañó a terminar de arreglarme para ir a su casa.
—Hace rato que no estaba acá
—comentó mientras se acercaba a abrazarme.
—Igual yo —concordé—. Casi no la
reconozco —dije antes de besarlo.
Él sacó de su mochila un paquete
envuelto en papel azul navideño. Y me lo entregó.
—Feliz Navidad, Larry. Te amo.
Se lo recibí con un abrazo, y
antes de abrirlo, de dentro de mi bolso saqué un paquete un poco más grande,
envuelto en papel rojo y se lo entregué.
—Feliz Navidad también, Bryan. Te
amo más.
Nos sentamos en mi cama y abrí
primero el regalo que me dio él. Era un BluRay set con la saga de películas de
Harry Potter.
—De nada —respondió con humildad,
y se dispuso a abrir mi regalo para él. Era un libro con las portadas de los
comics Marvel más importantes—. ¡Wow!, ¡está genial! —dijo con alegría, y me
dio más besos de agradecimiento.
Arreglé mi mochila, donde llevaba
un regalito para el Pedro, el hermano del Bryan, y bajamos. Le pedí el auto a
mi papá y nos fuimos. En el camino, el Bryan me contó cómo había sido su
reencuentro con su padre. Dijo que lo recibió con los brazos abiertos.
—Desde el minuto que me fui se
arrepintió de no haberse despedido de mí. Dijo que no pensaba que lo del viaje
a Chiloé fuera verdad, o que durara tanto tiempo. Igual cuando estaba allá
hablamos por teléfono un par de veces, pero nunca me pidió perdón ni nada, como
que omitía todo. Pero ayer llegué y me abrazó muy fuerte, y me dijo que me
amaba, que lo perdonara por haber sido tan frío, pero que la revelación le
había llegado por sorpresa. Que cando el Pedro salió del closet fue distinto,
porque igual sospechaban de antes, así que estaban “preparados”, en cambio
conmigo no sospechaban nada —me contó—. No supo como reaccionar.
Le tomé la mano en señal de apoyo
y llegamos a su casa.
Sus papás me recibieron de muy
buena forma, y el Pedro apenas me vio se lanzó a abrazarme.
—¡Larry te eché tanto de menos!
—me dijo con alegría.
—Yo también, Pedrito —le respondí
sinceramente—. Te ves guapo así.
Pedro, que acostumbraba a usar el
cabello alborotado, ahora lo tenía muy corto y ordenado.
—Gracias, Larry —sonrió ante mi
cumplido.
El Pedro subió a su habitación y
volvió con un pequeño regalo para mí.
—Mi hermano me había dicho que
vendrían, así que te compré algo —me entregó el regalo.
—Gracias —dije muy sorprendido
por el gesto—. Yo también te traje algo.
Saqué de mi mochila un regalo de
dimensiones similares al que él me había regalado. Ambos abrimos nuestros
regalos y nos sorprendimos al ver que eran muy similares. Él me regaló un tazón
con diseños de la bandera LGBT+, y yo le había regalado uno de un grupo de
K-Pop, que él amaba.
Nos pusimos a conversar, y más
tarde llegó el Victor (pololo del Pedro), y tomamos té todos juntos.
Ya cerca de las diez de la noche,
el Bryan me dijo que si quería salir a caminar un rato y yo acepté.
Salimos al tibio aire de verano
nortino, ambos muy livianos de ropas. Él cruzó su brazo por mi espalda y lo
apoyó en mi hombro, y yo apoyé el mío en su cintura.
—Es tan raro volver —comenzó a
decir—, después de tanto tiempo.
—Si… —concordé—. Nos fuimos
siendo amigos, y ahora volvimos siendo pololos.
—El próximo año vamos a volver
casados y al siguiente volveremos con dos hijos adoptados —comentó en broma.
Me quedé en silencio un rato, con
la imagen de su broma en mi mente. Continuamos caminando hasta llegar a un
pequeño parque a un par de cuadras de su casa. Los pocos árboles presentes en
el lugar habían sido adornados con luces blancas, lo que les daba un aire
navideño al lugar, sumado a las miles de luces que parpadeaban desde los
hogares aledaños.
En la calle y en el mismo parque
habían muchos niños, de distintas edades usando los regalos que les había
traído el Viejito Pascuero la noche anterior. Desde bicicletas y patines, hasta
pelotas de fútbol, autos a control remotos y muñecas.
—Sabes que no soy muy bueno con
los niños. No creo que quiera ser padre alguna vez —le expliqué, al sentarnos
en una banca que estaba desocupada y alejada del resto.
—Si sé, Larry —me acarició la
mano—. Era una broma —se quedó en silencio unos segundos mirándome con una
sonrisa—. ¿Eso quiere decir que te quieres casar conmigo? —me preguntó
emocionado.
Me sonrojé antes de responder.
—Me encantaría casarme contigo,
Bryan —respondí sinceramente—. Pero en primer lugar, acá no podemos; y segundo,
es muy luego para casarnos. Llevamos apenas seis meses pololeando.
—Si sé —aceptó fingiendo
resignación—. Pienso lo mismo. De hecho, quizás llegamos a viejitos, felices
juntos y sin habernos casado nunca.
Nos quedamos ahí sentados
conversando, mirábamos a los niños jugar y recordábamos nuestras navidades de
cuando éramos pequeños. El Bryan creyó reconocer a los hijos de unos antiguos
amigos entre los niños, pero no estaba seguro.
Estábamos tan cómodos y relajados
conversando que no nos dimos cuenta cuando ya había pasado la medianoche.
—Mañana tenemos que levantarnos
temprano —dijo él, anunciando que teníamos que volver a su casa—. Tenemos el
vuelo, recuerda.
Asentí y me puse de pie para
retornar. Él volvió a posar su mano en mi hombro y yo posé la mía en su
cintura.
—Fue un bonito fin de semana
—comenté—. Feliz lo repetiría por el resto de mi vida contigo.
El Bryan me besó en la sien en
señal de concordancia, y continuamos nuestro camino rumbo a su casa.
There are so many hints and foreshadows of Zutara in Avatar like?? How do you miss that? Even 9-year-old me caught it when it was airing. Here are some parallels.
Parallel #1: Alter Egos
The Painted Lady
The Blue Spirit
These are Katara and Zuko’s alter egos–something that they couldn’t be in their daily lives. Even though Katara is caring, she was too busy playing the caretaker for the group, so she rarely had time for herself. Zuko was a banished prince and he obviously couldn’t do those things ordinarily either.
Parallel #2: Lost Mothers
Both lost their mothers to the Fire Nation. Ursa left to protect Zuko [she was banished]. Kya was murdered by a Southern Raider general or commander, while protecting Katara. This is Zuko’s and Katara’s greatest connection.
Parallel #3: Absent Fathers
Ozai banished Zuko from the Fire Nation and left his son exiled. He abused, humiliated, and neglected Zuko. Although Hakoda loved Katara and Sokka, he left them to join the war effort; the siblings were on their own after that. [I’m guessing this is why Katara has abandonment issues].
Parallel #4: Siblings
Katara and Zuko both have striking contrasts with their siblings. Katara and Sokka are close and very supportive; they have looked out for each other after everything that happened with their family. Zuko, however, has an abusive relationship with his younger sister Azula and is constantly manipulated by her.
_______________________________________
These are just a few I’d like to point out. The concept of the Twin Flames is also very interesting and is definitely connected to Zuko and Katara. It is the concept of one entire soul being divided into two and the two individuals are separate souls with similar histories, backgrounds, and even families. (Thank you Aaron Ehasz!)